La Iglesia

    

Notó, la casa más grande, venir a los que la hicieron, mientras arroja a los vientos del oeste, las palabras de sus bronces borrosos, para que sobre la viajera transparencia se acunen en el otero romo. Mientras cobija a los asiduos allegados de su sencilla historia.
Dan abrigo en el verano al negro estornino, los retoños supervivientes de los olmos opacos, que al mirar, niegan el otear hacia el horizonte amable.
Y ver, como las raíces se esconden, hondas en los secos vallejos destacados por el efímero orgullo de los chopos esbeltos, las achaparradas zarzas de dulces moras y los pálidos sauces, que mudos le retan al ambiente de calor espeso, con su generosa sombra ubicada bajo su retorcida verticalidad.
Pretende el pálido verano aplastar con su calina, los oscuros parches lineales, que suturan las grietas tejidas por las frescas aguas añoradas. Pero la fatiga de la tierra alienta a su perdurar eterno.

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